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Buenos Aires, Argentina

Discontinuos

04/01/21
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«Una nómade creativa», entrevista a Mono Giraud para Revista Estilo Propio

El movimiento es lo único constante y ella lo vuelve argumento material: todo lo que pasa por su imaginación y sus manos, es transformado en una forma nueva o una puesta en acción. Sus diez años diseñando colecciones para marcas textiles y la creación de su tienda COSTADO prepararon el terreno para una nueva casa que lleva su propio nombre. Se trata de la expresión definitiva de su mirada sobre el arte, los oficios, los objetos, la iluminación, el mobiliario y la fotografía, todo integrado en una escenografía de colores naturales y materias primas orgánicas. Bienvenidos a Mono Giraud, la fábrica de todo lo que es posible.

Tu apellido es francés, pero tenías una abuela asturiana.
Sí, tengo esa mezcla: mi madre nació en España y mi padre en Argentina, pero mi abuelo era francés.

¿De ellos heredaste la inclinación por la estética?
Mi madre tiene mucha facilidad para todo lo que es manual y siempre estuvo metida un poco en lo estético. Yo lo encaré desde el lado profesional. Durante diez años hice colecciones textiles para grandes marcas. Eso me formó para crear universos de acuerdo a pautas. Mi madre no hacía ese ejercicio: era una persona que pintaba, que tenía buen gusto, que hacía cosas sueltas. A mí me apasionó el desarrollo que tiene un diseñador textil cuando arma una marca, que es todo: la caja en la que la pone, cómo la pone, cómo la comunica. Una marca bien hecha puede vender hoy una casa y mañana otra: si tiene una identidad fuerte, soporta ese cambio.

¿Qué historia hay detrás de Mono, tu sobrenombre?
Es un apodo familiar, de cuando era niña: a mi hermana mayor le parecía gracioso ponerle a todos los integrantes de la familia un apodo con nombre de animal.

¡Y lo conservaste toda la vida! Habla de un vínculo fuerte.
Si, para mí fue mucho: la hermana mayor está siempre arriba. Y además me resultaba divertido porque “mono” es masculino y yo mujer, entonces plantea una dualidad interesante.

Ese contraste entre el “ser” y el “parecer” tiene mucho que ver con tu trabajo: hay una superficie y, debajo, el recorrido oculto de cada pieza.
Hay que meterse, hay que escarbar, hay que buscar, hay que mirar. Yo siempre digo que cuando una marca está bien hecha, cuando tiene un proceso bien desarrollado, no entendés por qué te gusta: la sentís. Cuando tenía COSTADO, me decían que yo tenía muy buen gusto, pero hay todo un trabajo muy profundo que no tiene que ver con eso, sino con una búsqueda creativa.

La identidad de la marca.
Claro. Una marca es un mundo: transmite sensaciones, tiene que tener un estilo, tiene que ser coherente. Yo terminé haciendo mis fotos para Instagram porque considero que tengo un producto muy exclusivo y quería hacer fotos exclusivas. No quería comunicarle a mi cliente: “Hoy te podés comprar este cuento”. No es esa la comunicación de mi marca.

Tu feed es muy escenográfico.
Muchas veces la gente busca recetas. Escuché muchos años: “¿Y qué pongo? ¿Y qué hago con este cuenco” “¿Se puede poner acá”? Y al cuenco podés abrazarlo o llenarlo con una ensalada. ¡Sé libre! Cuando alguien me hace esas preguntas, yo le digo: ¿Vos le preguntás a la gente cómo tenés que vestirte”? Tu casa es lo mismo. Tu casa no es buen gusto, ¡es tu casa! En una casa entra lo emocional. Por eso empecé a hacer mis propias fotos.

¿Hay mucha pre producción, o hay más juego?
Las fotos las hago en mi local: tengo muchísimo material, entonces las programo y las pienso, y trato de jugar con el material que quiero mostrar. Lo uso, lo pruebo, lo miro y veo qué sale. Estoy muy abierta a usar cosas que surjan en el momento. He pensado muchas fotos de una manera, pero después la modelo se tira al piso un rato porque está cansada, y me parece que esa es la foto. Estoy muy atenta a captar lo natural que suceda.

¿Qué querías hacer antes de llegar al diseño textil?
Estudié dos años piscología, que me encanta, y después empecé con toda la parte estética, a hacer mi colección y a entrar en la fotografía como modelo. No sabía que tenía un disfrute y habilidad para lo estético. Me gusta meterme en las cosas y que vayan saliendo a medida que vas creciendo. De muy chica me di cuenta de que mi casa era muy importante, de que los objetos hablaban mucho de mí, y me enfoqué en la importancia de la armonía, la belleza y el diseño. Una amiga diseñadora me dejó un puesto para una marca muy grande porque ella se iba a otra, y la vida me fue llevando.

Te sentís cómoda en la improvisación.
Si, en realidad a veces suena poco profesional. Yo me doy el gusto porque tengo mucha espalda y muchas herramientas, y confío plenamente que aunque no sepa bien qué es lo que voy a hacer, voy a hacer lo mejor. El mundo a veces planifica mucho y tiene todo muy pautado por inseguridad. Yo la seguridad la encuentro en la incertidumbre: ahí encuentro la solución, la forma de hacerlo… la improvisación me suma.

Tu fascinación por las fábricas, ¿de dónde viene?
Mi padre tenía un lavadero industrial y crecí rodeada de fábricas y galpones en los que había muchísimo movimiento, ruidos y escala. Siempre me pareció que a lo industrial no le sobraba diseño: que estaba hecho con el material indicado. Creo que el diseño pensado como producto útil para usar es más auténtico y bello que uno todo decorado. Siempre amé la taza de los bares de cuando era chica, que era la taza blanca, con el asa clásica y un plato. Después, la taza empezó a tener formas, decoraciones y agregados que no son necesarios. Me da más tranquilidad esa taza blanca: tiene un montón de cualidades que la hacen más noble.

Tu marca conjuga lo industrial y lo artesanal, la gran escala con la terminación a mano. ¿Cómo conviven?
Es el espíritu de la marca. Yo busco que el objetivo esté elegido, que tenga una mirada, que haya pasado por las manos de alguien que lo haga con una cierta energía. La gente viene a buscar productos que ya no hago más, pero no los hago para no repetirme. Cuando me repito no me divierto, no creo cosas nuevas, me parece que no investigo. Me gusta mucho trabajar con el artesano, porque te muestra la realidad del producto: no puedo desarrollar un molde para una lámpara de la que solo va a haber diez unidades. El mejor plan es el posible: es el que se puede desarrollar con el material que existe a un costo lógico.

¿Con qué oficios y artesanos trabajás?
Trabajo con carpinteros, costureras, gente que teje a telar, gente que cose a máquina, artesanos que trabajen el hueso. Hago búsquedas de personas que durante mucho tiempo fabricaron algo que ya no se usa en la industria: trato de recuperarlo.

Tus colecciones tienen una estricta filosofía material.
No tengo ningún material que no sea natural: ni plásticos, ni color. Me parece que la vida está llena de color: en tus plantas, en tus comidas, en tu ropa. Entonces, no quiero tener nada que esté teñido para imitar colores. Prefiero trabajar sin tintas y sin nada que sea artificial. Hoy en día lo hago por la filosofía del cuidado y el reciclaje. Nos tenemos que ocupar de que nuestras industrias, nuestras empresas y nuestra vida no generen basura. Además, me trae tranquilidad emocional.

¿Qué te gusta hacer cuando no estás haciendo Mono Giraud?
Hace poco mi hija más chica me dijo que debería tener un tiempo para mí y buscar algo que me guste. Y yo le dije: ¡Yo trabajo de lo que me gusta! Me doy el lujo de que todo lo que hago es lo que me gusta. Tengo la suerte de disfrutar de mi trabajo, que es muchísimo.

Te gusta hablar con extraños. ¿Cómo se hace?
Me pasa en la calle, si voy a comer, en una fábrica, si entra un cliente. En un momento me puse a pensar por qué me interesa tanto o me resulta tan seductor. Y la realidad es que cuando uno habla con un desconocido, no espera nada, no hay nada calculado. Me sorprende, me relaja. El otro día, al abrir la puerta del local, me encontré con un fotógrafo que vivía en México que me dijo que quería conocerme. Me pasé dos horas hablando con él, aunque seguramente no lo voy a ver nunca más en mi vida. Charlar con alguien que uno no conoce es encontrar. Me gusta mucho el espacio público: porque todos vamos, todos venimos, nada es de nadie. No sabés a dónde va la gente que está alrededor tuyo, de dónde viene o qué le pasa. En cambio, cuando llegás a un lugar, empezás a tener pautas: sabés que hay un mozo que te va a atender, que te tenés que sentar y que tenés que pedir algo. Me gusta no tener pautas y poder descubrir cosas nuevas.

Imágenes cortesía de Mono Giraud
www.monogiraud.com

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