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14/08/19
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«Marinera de la vida»: entrevista a Silvina Bidabehere para Revista Estilo Propio

Creció rodeada de libros de arquitectura, revistas de decoración y las publicaciones de la editorial Sur. Las historias de viaje de su padre -Capitán de ultramar- y sus propias travesías por el mundo alimentaron su imaginación y su trabajo. Entre la escritura personal, el periodismo que se busca fuera de la redacción y las producciones, para marcas o decoradores, sus días son aventuras que no se repiten. Lectora voraz, melómana a tiempo completo y madre todo terreno, ama dedicarle tiempo a sus plantas, hacer crucigramas y jugar al Scrabble (se declara imbatible). Le gusta aprender, pero también tiene el don de enseñar: su sensibilidad por el diseño, la arquitectura y el arte deja huella en todo lo que hace. Suelten amarras y viajen con ella: Silvina Bidabehere.

¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?
Mi papá fue Capitán de ultramar y viajó durante muchos años. Es de la Patagonia, de Puerto Deseado: llegó a Buenos Aires a los 18 por una beca que ganó. Mis hermanas y yo nos criamos en el puerto de Buenos Aires: lo despedíamos y recibíamos cada vez que iba y venía. Además nos llegaban cartas, fotos y casettes. Si estaba en Vancouver, nos mandaba una cinta con música de allá. Esa fue mi infancia hasta los 13 años.

Y después empezaste a viajar vos…
Si: los viajes siempre estuvieron muy presentes en mi vida. Cuando estaba en cuarto año de la facultad empecé a buscar trabajo. Estaba por entrar a La Nación y un día vi un cartel que decía “Pasantes. Argentina Traveler”, una revista de viajes que recibía mi mamá. Mandé un fax y dije que no tenía experiencia pero que quería trabajar ahí. Fui a la entrevista y a las dos semanas me dijeron que había quedado elegida. Tenía 19 años y empecé a viajar como pasante por todo el mundo: Laponia, Helsinki, Nueva York, Jamaica, Guatemala. Iba en primera con periodistas que se quejaban porque hacían eso hacía veinte años, pero yo me pellizcaba para ver si era real. Con el tiempo empecé a proponer yo las notas. Le decía a mi jefe: “Quiero hacer Nueva York barato pero maravilloso” y él me decía que sí. Esto duró cuatro años.

¿Y cuál fue el siguiente paso?
Después de un tiempo como editora del sitio web de la revista, empecé a colaborar como freelance para medios. Conocí a MARIANA KRATOCHWIL, editora de revista Living: le sugería casas de mamás de amigas que eran decoradoras, hasta que me preguntó si las quería hacer yo. Así arranqué haciendo notas de decoración. A raíz de eso me empezaron a llamar para hacer producciones para hoteles y marcas. En una oportunidad trabajé con ALDO SESSA para Patagonia Flooring, que fue una experiencia increíble. Después tuve que parar un poco porque tuve a mis dos nenes. Con el más grande empecé a escribir mi blog (www.decortherapia.blogspot.com), hace 12 años.

Cuando todavía no existían. ¿Cómo se te ocurrió?
No, no había blogs. Cuando hacía recorridos le mandaba mails a mis amigas recomendándoles lugares para visitar. Y un día una me dijo, “¿por qué no hacés un blog?”, y ahí empecé. Siempre me gustó escribir, pero también leer. Cuando era chica estaba enamorada de todos los escritores de la editorial Sur: VICTORIA OCAMPO, EDUARDO MALLEA, MARÍA ESTHER VÁSQUEZ, MARÍA ROSA OLIVER, ADOLFO BIOY CASARES, OLIVERIO GIRONDO. Mamá leía mucho cuando yo era chica: yo me levantaba de noche y la veía leyendo.

¡Tu casa está llena de libros! Whitman en el baño y Doña Petrona en la cocina.
Si, tiene historia ese libro. Mi abuela se murió el verano pasado, a los 93 años. Era mi compañera de aventuras. Cada vez que yo cocinaba la llamaba para preguntarle algo. Ella era muy cocinera y jardinera: yo amo mi jardín, tengo muchas plantas que eran de su casa. La última vez que la vi, le pedí la receta de la torta invertida. Este era su libro. Cuando falleció, mi mamá me preguntó qué quería quedarme y no lo dudé. Está viejito, lleno de anotaciones.

Y hace que tu cocina tenga vida. ¿Qué pasa cuando llegás a la de otros? ¿Cuál es el límite del setting?
Cada productora tiene una filosofía de trabajo distinta. A mí me gusta que se respire lo más genuino posible el espíritu de la casa y sus dueños. Yo no llego a una casa para cambiarla. A lo sumo puedo ordenar, despejar, llevar alguna cosa que haga falta. Primero voy a visitarla o a veces me mandan fotos y ahí decido. Le huyo un poco a las casas muy ostentosas, me gustan las que son caóticas.

¿Qué cosas transforman un espacio?
El orden dentro del propio caos. Me gustan mucho las plantas y las flores en la cocina. Las velas, que haya rico olor y que suene alguna música: para mi esas cosas cambian todo. Y la iluminación es esencial. A veces voy a casas increíbles que solo tienen luz de techo blanca: ¡el dimmer es el mejor invento! Una luz arriba de una mesa, en lugar de una de techo, genera un rincón para leer el diario. Lo lindo en las casas es crear rincones en donde uno se pueda encontrar o resguardar. La casa tiene que ser cobijo. En la mía había un sector en el living que los chicos le decían el rincón de los abrazos, porque era el lugar en donde yo me sentaba a mirar cuando venían a buscarlos a la mañana para ir al colegio y los abrazaba y despedía ahí. Y a veces me decían: “Mamá, ¿vamos al rincón de los abrazos?”.

¿Cuál es tu ritual preferido con tus hijos?
Me gusta mucho leerles. Cuando eran más chicos les leía JULIO VERNE, MARÍA ELENA WALSH. Así encontré la manera de que se vayan a la cama más tranquilos. Que puedan imaginar mundos antes de irse a dormir en vez de verlos en una pantalla, es el mejor regalo que les puedo dar.

¿Qué es lo que más disfrutás de tu trabajo?
Disfruto mucho de los viajes a hacer producciones y notas por las provincias del país. Fue un privilegio ir a Misiones y hacer producciones de casas y personas con tanto amor por la tradición y por su tierra. Más allá de lo estético, tuve la experiencia de enriquecerme con la manera en que viven y miran la vida otras personas. Creo que eso es lo que más valoro, y que me enseñó a ser una persona más respetuosa y menos crítica. Tanto cerca como lejos de mi casa, el contacto con la intimidad de las personas es lo que me enriquece. Entrar en sus casas es entrar un poco en sus vidas cotidianas. Ver cómo viven me enseña a ser más empática, más abierta.

Ph. Damián Liviciche

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