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Discontinuos

04/05/17
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“Errante con rumbo”: entrevista a Pablo Dellatorre

En los viajes encuentra el alimento que luego transforma para darle personalidad a un espacio. Su ruta no está marcada en ningún mapa: se dibuja a medida para cada nuevo proyecto.

Se define como un “diseñador de escenarios para la buena vida”: no mide sus obras en términos de escala, metros cuadrados o rubros, sino a partir de la felicidad que le aportan a sus clientes. Si bien su formación de base es en arquitectura, en las obras opera más como un compositor para los sentidos: fusiona texturas con sonidos, luces con paletas de colores y materiales con perfumes.

El interés por la arquitectura, el arte y los espacios, ¿lo heredaste de alguien de tu familia o lo desarrollaste solo? ¿qué recuerdos de infancia tenés vinculados a estos universos?
Si bien mi padre era un arquitecto apasionado y yo lo admiraba mucho, mi relación con este arte fue muy diferente y lo abordé de otra manera. Siempre hubo algo en mis genes: desde que tengo uso de razón, me gusta acomodar las cosas de una manera especial. De chico, los juguetes o los útiles; de más grande, pintaba paredes de un color, les colgaba algo y les apuntaba una luz. Así, de a poco fue subiendo la escala, pero siempre permaneció en mí una mirada más de escenógrafo con conocimientos de arquitectura.

Comenzaste la carrera en la UBA, pero a los 20 partiste para Europa. ¿Qué ibas a buscar?
A los 7 años levantamos campamento de Buenos Aires y nos mudamos a Villa Mercedes, en San Luis, un cambio de escala enorme en un momento donde ni había teléfono de larga distancia. Diez años después volví solo a Buenos Aires para comenzar mi carrera de arquitectura en la UBA: como ya era bastante frecuente esto de moverme de un lugar a otro, me mudé a Córdoba, en donde seguí los estudios. En el cuarto año de carrera tuve la posibilidad de viajar a Europa y durante un año revolví bastante. Siempre le di importancia a esto de moverse y observar: es donde encuentro la mayor inspiración. No importa la distancia, hay que salir del círculo cotidiano con la cabeza bien abierta.

Los espacios gastronómicos también te inspiran. ¿Siempre te sedujo el rubro?
¡Me encanta la gastronomía, cocinar, comer y beber! Y diseñar restaurantes y bares, pero la seguidilla de unos cuantos diseñados y construidos no fue una búsqueda sino una consecuencia publicitaria. Diseñamos de todo. Las obras comerciales tienen mucha prensa o las ve mucha gente: obviamente esto trae aparejado otros encargos pero lo que más me interesa hoy no es la temática ni la escala sino la calidad del cliente y lo que podemos hacer y disfrutar juntos.

La escala es parte de tu discurso: te gustan los rincones de ciudad. ¿Qué es lo que te atrae de la dimensión íntima y doméstica?
Siempre me interesó la escala pequeña, como si fuera corto de vista: los rincones de las ciudades, una verdulería, un barcito, tocar una mesa, colgar una lámpara, apuntarla, sentirle el perfume a las cosas, escuchar la música…disfruto aggiornando rincones y creando climas. Alguien tiene que hacer ese trabajo: no sólo pasa por hacer grandes edificios para vender departamentos o centros comerciales, y ahí es donde encontré mi lugar.

Te gusta trabajar con materiales crudos, respetando sus huellas y pasados. ¿Alguno que te haya sorprendido en el proceso de investigación?
Primero que nada soy de madera y de luz, dos materias que nunca dejan de sorprenderme y dar satisfacciones. Son protagonistas en todas mis obras, disfruto trabajando con ellos. Después aparecen sus amigos los metales, los hormigones o alguna que otra piedra pero todos hablan el mismo idioma: no brillan, muestran su ADN sin maquillaje y envejecen como a mí me gusta.

¿De dónde vienen los materiales que ya son viejos cuando los elegís para una obra?
La historia de trabajar con materiales recuperados desde un principio fue consecuencia de un acto romántico y algo rebelde. Por un lado, de ver renacer algo olvidado y, por otro, de los bajos presupuestos con que trabajaba, donde el valor de la creatividad era fundamental para que el espacio comunicara algo. Así fui encontrando mi espacio en los galpones que acopiaban material de demolición y pude resolver gran parte de las obras con eso. Me gustan las cosas venidas a menos que cuentan una historia. Le aportan mucho a lo que quiere comunicar el espacio, le dan un mensaje profundo, tienen otro peso.

¿Cuál fue la obra más inédita, extravagante o curiosa para la que te convocaron?
Hace poquito terminé un trabajo que me divirtió mucho. Me convocaron para hacer “algo” en el sótano de 50 m2 de una casa muy moderna, colgada de un terreno muy alto con vista a toda la ciudad de Córdoba. La casa es perfectamente minimalista, luminosa y clara y lo que pasó allá abajo es todo lo contrario. Diseñé un pequeño templo bon vivant con su cava, sus mesas de bar, su gran barra, su cine y una enorme biblioteca para objetos que cuentan la historia de la empresa familiar, que fue de pequeñísima a enorme, y la del dueño de casa, un nuevo cliente devenido en amigo y una gran persona que según cuenta la leyenda se instaló en ese sótano de la buena vida y no logran sacarlo. ¡Un pequeño ejercicio con gran corazón! Esos trabajos limited edition que uno disfruta mucho.

¿Cómo es tu metodología de trabajo una vez que se concreta el pedido del cliente?
Nos ponemos de acuerdo en la manera de trabajar y empiezo a imaginar ese escenario y a escribirle un libreto. Me gusta esto de presentarme como diseñador de escenarios para la buena vida: no importa si son para descansar, trabajar, divertirse o cuál sea la obra, lo importante es que lo que aporte como diseñador de estos espacios esté directamente relacionado con la felicidad, que es el fin de todas las cosas. Un lugar bello promete felicidad, un escenario bien resuelto puede mejorar nuestras vidas.

¿Cuáles son tus rituales a la hora de diseñar?
Siempre me gustó alejarme para pensar. Por ejemplo, en una época viajaba mucho a Buenos Aires con una libretita cuando empezaba cada proyecto: caminaba y me sentaba en un bar; en otro, anotaba y dibujaba. No había WhatsApp ni redes sociales y la conexión con uno era superior, la creatividad era más pura. No había Pinterest ni bases de datos impresionantes, a las que ahora les sacan chispas. El placer de comprar una revista y disfrutarla en un cafecito era supremo. Viajé mucho siempre y fue lo que más me nutrió en mi trabajo, pero tengo que reconocer que en estos últimos viajes vi un lenguaje cada vez más universal, consecuencia de la velocidad de la información donde el mismo restaurant que estamos diseñando en Córdoba o Santiago de Chile lo podés encontrar en una esquina de Londres o en China.

¿Cómo es la dinámica de convivencia en Corazón de Manzana, en donde se encuentra tu estudio?
Podría ser un pequeño edificio más del barrio y pasar desapercibido con sus 12 departamentos de 45 m2. Lo que pasó, como con las otras cosas que proyecto, es que me gusta aportarle un libreto, que contengan un mensaje, ponerle un nombre y que adquieran personalidad propia. En este caso la historia decía que sería una especie de comunidad de gente joven apasionada por el arte, el diseño o cierto estilo de vida, y en consecuencia el clima del lugar tiene un poco de ese perfume. Esto es lo que lo diferencia del resto de los edificios: es una cuestión de personalidad. Un mix de departamentos, atelieres, estudios de arquitectura y agencias de publicidad que conviven en un corazón de manzana alrededor de un mismo patio envuelto por una gran piel de tablitas de guayubira que forman una trama. Un recurso muy fuerte y de gran carácter que genera el clima que estaba buscando, que es llegar al lugar y que te transporte. Pegado a Corazón de Manzana hay otra construcción independiente pero que está comunicada, a la que llamé en su momento La Résistance. Construí 200 m2 en tres plantas de hormigón y madera donde hoy es nuestro espacio de trabajo, en el que se cocinan las ideas. Me acompañan ocho arquitectos y una diseñadora gráfica, entre los cuales están Gabi, Rami y Marco, arquitectos y socios míos hoy.

¿Qué tipo de sensaciones o experiencias buscás generar a través del espacio?
Me gusta generar un confort amigable, en el que se sienta cómoda cualquier tipo de persona, en el que den ganas de tocar los materiales, sentir el perfume o escuchar la música. La iluminación es la varita mágica: me interesa más la esfera del arte que la de la técnica dentro de la arquitectura. Está claro que una obra tiene que funcionar bien, pero no por eso debemos descuidar las necesidades del espíritu.

Si te dieran la libertad, el presupuesto y el tiempo para desarrollar la obra de tus sueños, ¿cuál sería y en dónde estaría?
Calculo que sería un rancho en una isla, para retirarme.

Imágenes cortesía de Gonzalo Viramonte

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