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26/08/20
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«De vieja escuela, un arquitecto joven», entrevista a Andrés Remy para Revista Estilo Propio

Al terminar su carrera en la UBA, se mudó a Nueva York para trabajar en el estudio de RAFAEL VIÑOLY: primero como aprendiz, luego participando en proyectos como la reconstrucción de las Torres Gemelas. De regreso a la Argentina, armó equipo y comenzó a darle forma a su propio estudio, que durante cuatro años se alojó en su departamento. Sin buscarlo, desde esos dos ambientes comenzaron a diseñar casas para clientes en Dubai. Hoy, tienen una base en Abu Dabi y su casa matriz en el barrio porteño de Núñez,  que pronto tendrá nueva locación: un estudio campus en Escobar. Andrés Remy tiene la mentalidad citadina de los arquitectos de su tiempo, pero la esencia mansa de su pueblo natal (Villa Belgrano, Río Negro): asegura que sufre de migraña por estrés, pero su voz cuenta la historia de un trabajador equilibrado, incansable y brillante, sin egos ni caprichos. En esta conversación exclusiva con Estilo Propio, repasa sus inicios, habla de su presente y anticipa su futuro.

¿Cómo era el Remy del pasado?
Yo tenía inclinación por el diseño gráfico, pero charlando con mis papás terminé eligiendo arquitectura, aun cuando no tenía referencias en mi familia: mi mamá es médica y mi papá odontólogo. Veo la diferencia con mi hijo: mi mujer también es arquitecta, así que está todo el día mamando arquitectura. Yo no tenía idea sobre la disciplina hasta segundo o tercer año. Pero desde muy chico ya me encantaba dibujar, lo hacía todo el tiempo.

De ahí a Viñoly, ¿cómo fue el salto?
Una docente de la facultad estaba trabajando en Nueva York y en 1999 me ofreció un laburo para hacer a la distancia: juntar información para un libro sobre RAFAEL VIÑOLY. Me enganché y lo vi como una oportunidad. Una vez que me recibí, le pregunté si había posibilidades de seguir trabajando allá y me dijo que sí, que le había gustado lo que había hecho, así que me fui a Nueva York. Empecé a trabajar en concursos dentro del sector de diseño del estudio. Conocí a un franco-argentino que vio que yo le ponía mucha garra, y me preguntó si me gustaría trabajar al lado de RAFAEL. Dije que sí. Me sugirió: “Venite dos horas antes a laburar, él llega muy temprano”. Empecé a llegar a las 7 de la mañana y, con el tiempo, a trabajar a su lado: él veía que era el único de las 140 personas del estudio que estaba a esa hora. Empezamos a tener relación, me preguntaba cosas. Yo era un aprendiz, estaba muy disponible. Así empecé a trabajar en proyectos importantes, como la reconstrucción de las Torres Gemelas. Después de cuatro años, decidí que era hora de volver a Argentina.

¿Te fuiste?
RAFAEL no me dejó, me hizo sentir que no era el momento. Estábamos en un concurso y quería encararlo con el equipo en el que yo estaba. Es la tradición del aprendiz: “yo te enseño y vos te quedás a hacer lo que te enseñé”. Hoy ya no existe ese compromiso, de empezar algo y terminarlo. Eso me formó muchísimo.

¿Qué te llevaste?
Todo el know how lo implementé en las casas: maquetas gigantes, estudios de sol, todo un poco exagerado para lo que se hacía acá. Empezamos a tener mucho laburo. Yo hasta los 36 años viví en el estudio. Los primeros pasos fueron así: me levantaba y recibía a los chicos en un departamento prestado en Belgrano. Estaba dedicado 100% a la arquitectura. Pero siempre reconocí mis límites: supe que era bueno para algunas cosas, pero que no lo era para otras. En Estados Unidos aprendí a laburar en equipo. Para mí lo más importante siempre fue el producto, porque la arquitectura es visible.

¿Qué rol juega el arquitecto en esa ecuación?
Cuando venís de familia de médicos, como en mi caso, que te pueden calmar un dolor o salvar la vida, entendés que solo somos arquitectos. Hay que saber ubicarse. La obra habla por sí sola. Cuando el arquitecto pasa a la soberbia y está pensando en la Bienal, aprovechándose de la persona que pone todos sus ahorros en una casa, y no le presta atención al mantenimiento, al aspecto bioclimático y al uso, comete un gran error. Por eso insisto en la importancia de las herramientas: las maquetas, los 3D, los videos, verificar que al cliente realmente le guste, que te pueda corregir. Parte de nuestro proceso es también educar a la otra persona. Yo apunto a esta comunión con el cliente: para nosotros, es la persona la que realmente nos termina el proceso.

¿Cómo llegaron a Dubai?
Desde el 2010 estamos trabajando en Emiratos Árabes: ahora estamos con ocho casas. En ese momento, si el cliente hubiese visto nuestro estudio, no nos contrataba. Pero gracias a la imagen que habíamos generado a través de las redes y publicaciones, nos comparaban con arquitectos que para nosotros eran referentes: por ejemplo, le habían hecho la casa a Shakira y a Ronaldo. Le preguntamos por qué nos había elegido a nosotros, en Sudamérica: por un lado, por nuestro uso del agua en la arquitectura; por otro, por presupuesto. Además, le llamó la atención que quisiéramos conocer el lugar en el momento más hostil del año. Queríamos descubrir las peores condiciones climáticas para diseñar, porque si funcionaba bien ahí, iba a funcionar en invierno. Para el traslado, no presentamos ninguna exigencia (los otros habían pedido pasajes en primera o tomar cierta marca de agua): solo viajar en turista para poder ir más personas. Todos esos gestos a él le gustaron. La casa iba a tener 2500 m2, pero terminó siendo de 3850 m2. Está al lado de una obra de FOSTER: genera mucho contraste, pero también tiene algo muy tradicional.

¿Cómo es pensar arquitectura para una cultura tan diferente?
Trabajamos de acuerdo a la idiosincrasia. En Argentina las casas suelen tener un espacio para la persona que ayuda, pero en Canadá, por ejemplo, eso no existe: no tienen un cuarto de servicio. En Dubai, en cambio, es el otro extremo: tenemos casas con 25 dormitorios de servicio, que incluso tienen peluquería adentro. Te vas adaptando a las culturas. Nosotros nos involucramos mucho para poder entenderlas.

Y se lo toman muy en serio: construyen casas 100% a medida. ¿Cómo se logra?
Competimos contra el copy paste y el prototipo, algo súper desleal. Yo conozco arquitectos que regalan el diseño y su negocio está en la construcción. Para mí es un error garrafal, porque vos como cliente gastás un montón de plata en algo de lo que no participaste, no es personal. Nosotros hacemos arquitectura de autor: eso significa que la casa que te hagamos a vos, va ser diferente de la que le hagamos a otra persona.

¿Qué pasó durante la cuarentena? ¿recibieron pedidos?
La cuarentena se puede dividir en dos. Durante la primera etapa estuvimos enfocados en ordenar ideas, porque fue un freno de mano obligado. En esta segunda parte nos empezamos a acostumbrar, porque no sabemos cuándo va a terminar. La comunicación nuestra ahora es vía MEET. Yo era medio reacio, a mí me gusta ver las caras, o juntarme en un café. Pero estoy súper contento con cómo funciona, creo que nos volvimos más productivos. Entrevistamos gente a la distancia, estamos contratando personas a las que nunca les vi la cara. Y empezamos cinco casas en cuarentena: dos en Abu Dabi y tres en la zona norte de Buenos Aires.

¿Cómo es trabajar desde casa sin interrumpir la dinámica del estudio?
Fuimos obligados a vivir en un espacio doméstico durante cuatro meses para ver lo bueno y lo malo. Es la mejor experiencia que puede tener un arquitecto. Yo estoy viviendo en una casa que diseñé en 2004 y hoy puedo sacar un montón de conclusiones, porque estuve obligado a estar acá. Soy del interior y pienso como un pibe del interior, soy muy pueblerino a la hora de tomar decisiones. Mi sueño no era lo que yo estoy viviendo ahora: nunca me imaginé que iba a estar diseñando en Canadá o haciendo un hotel en Atenas. Resignás un montón de cosas porque no me podía bajar de la moto. Y esto me hizo bajar: porque me di cuenta de que es una locura que yo pierda tres horas por día para ir a trabajar. Sin aprovechar la tecnología, estábamos trabajado como hace diez años atrás.

¿Pensaste en descentralizar el estudio para seguir trabajando desde casa?
Durante los primeros quince días, sentí que había que rediseñar el espacio. Hoy estoy construyendo un estudio campus en una quinta en Escobar. Tenemos ovejas, vacas, caballos. Como hay dormitorios, quienes se quieran quedar a dormir, van a poder hacerlo. Y quienes vivan en Capital Federal y no quieran viajar, van a seguir trabajando a distancia como ahora. Quiero que nuestros clientes vean en esta casona lo que les vamos a ofrecer a ellos: es decir, si es un panel solar, que puedan verlo en funcionamiento en Escobar.

¿Qué descubriste en estos meses?
Nos olvidamos de lo que es la calidad de vida: se corre detrás del éxito, de trascender. Y cuando llegás, ¿qué pasa? Mi sueño era tener un estudiogranja. ¿Cuándo lo voy a hacer, si no es ahora? Creo que uno tiene que darse la posibilidad de hacer cambios más radicales. Necesitamos conectarnos con la naturaleza y aprender de otras sociedades. Producir alimentos en tu propia casa es algo que se viene. Quizás vos digas, ¿y quién va a fumigar después? Son cosas que tenemos que resolver, pero dejemos que algo nuevo nazca de todo esto.

Imágenes cortesía de Remy Architects
www.andresremy.com

 

 

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