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05/07/18
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“Corresponsal desde el Sur”: entrevista a Luján Cambariere

Con el oficio puesto en el periodismo y el corazón dedicado al diseño, Luján Cambariere es una rara avis en los dos mundos: su trabajo supera los límites de ambas disciplinas. Investiga, entrevista, escribe, proyecta, diseña y, sobre todo, comparte. No es casual que su acepción favorita del verbo comunicar sea “poner en común”. De su abuelo heredó la sensibilidad por el arte y el amor por el trabajo, pero durante la entrevista repasa a cada integrante familiar con orgullo y admiración. Es Licenciada en Comunicación (USAL) y tiene un posgrado en Diseño de la Comunicación (FADU-UBA): desde hace más de 20 años trabaja en medios gráficos, televisivos y radiales, investiga sobre el aspecto antropológico de la artesanía y del diseño, y lleva adelante distintos proyectos vinculados a la integración social. En 2013 creó Ático de Diseño y acaba de lanzar su segundo libro. Luján Cambariere, una generadora de cultura a tiempo completo.

¿En qué momento de tu vida comienza esta relación sensible con los objetos?
Siempre fui muy esteta. Me gustaba tener mi cuarto decorado. Y desde muy chica siempre leí un montón: era la bibliotecaria del curso a los siete años. Terminé el colegio sabiendo que iba a estudiar letras, pero en el test vocacional me salió comunicación. La persona que me lo hizo en ese momento, me cazó tan al vuelo -y a quien no le puedo agradecer porque no sé el nombre-, y tenía razón: porque hoy comunico desde el diseño. Mi gran herramienta es la escritura, pero también el diseño.

¿Cómo encontraste este lugar que hoy es Ático?
Durante diez años tuve un proyecto con un diseñador industrial con el que hacíamos talleres con descartes para alumnos de diseño gráfico. Eso fue preparando mis ganas de tener algo que no fuera itinerante, que fuera fijo. Yo vivo en Tigre y siempre pasaba por acá. Mi sueño era tener una escuela con la mirada del mundo proyectual, abrir el juego y convocar a diseñadores industriales, gráficos y de indumentaria para dictar workshops. En el 2013 se dio esa oportunidad. Descubrí este ático gigante, que estaba desocupado, y me pareció el lugar perfecto. Era una fábrica de muebles con montacargas: ideal para taller. Y el alma del lugar es la mesa gigante, que fue fabricada especialmente por Soledad Benvenuto, dueña de Mercado Don Toto.

Tu perfil profesional es atípico. ¿Cómo fue la recepción de tu trabajo en los medios y dentro del mundo de los diseñadores?
Siempre lo digo en chiste, pero es bastante concreto: para los diseñadores soy la periodista, y para los periodistas, la diseñadora. Entonces, nunca tengo un grupo de pertenencia. Siempre la cargo a mi mamá porque yo fui a un colegio de monjas cuando era chica, pero mis papás son re abiertos. Y le digo que nunca encajé en ningún lado. El no pertenecer, si uno se la banca, tiene algo que está muy bueno: te vuelve un observador participante. Creo humildemente que muchas de las cosas que logré fueron gracias a ese lugar incómodo. Tengo mi libro que es como un hijo: El Alma de los Objetos es una mirada antropológica del diseño, pero es puro texto, no tiene ni una figurita, nada que ver con los libros tradicionales. Es fácil de leer, pero es profundo.

Investigás, escribís y coordinás a tiempo completo. ¿En qué estás trabajando ahora?
En este momento mi vida se divide entre Ático, que es donde pongo todo mi corazón. El año pasado salió mi libro El Alma de los Objetos (Paidós) y ahora en julio sale el segundo, Mastercraft. La importancia de trabajar con las manos y 10 ideas para lograrlo (Random House), que habla de lo que es trabajar con las manos, la historia del craft, el neo craft y diez tutoriales. Por otro lado, desde el año pasado estoy como curadora de un proyecto de marca país (“Saber Hacer. Hacer Saber”) a través del diseño y la artesanía: estoy viajando bastante al norte. El objetivo es la generación de empleo a través de la artesanía y mi tarea es seleccionar productos desarrollados por comunidades del interior para formar parte de esta colección, además de intervenir con mi aporte desde el diseño.

En el contexto del consumo, ¿el alma de los objetos se vuelve invisible?
Siempre me pasó que cuando encontraba algo que me gustaba, al conocer a su diseñador también me encantaba su persona: en dónde vivía, cómo había estudiado, las historias que tenía. Y también me pasaba al revés: al ver un objeto que no me llamaba la atención y conocer a su creador, quizás descubría que no era afín a mí. Por eso me puse a investigar. Los antropólogos lo dicen muy concretamente: los objetos tienen ese maná, ese numen, por muchos motivos. Uno es el camino de los talismanes, en el que uno les pone su energía o creencia: por ejemplo, un anillo que te regaló un abuelo y al usarlo sentís que te protege. Y después está el camino de la artesanía: una persona trabajando con sus manos le da esa impronta y vos la recibís cuando comprás ese objeto. Por eso me parece fundamental que tanto los diseñadores como los consumidores sepan eso, porque estamos en un mundo que explota de objetos y al diseñador se le planta esta cuestión de seguir produciendo para un planeta que está devastado, y a la persona que consume, la culpa del consumismo. Vos te comprás una artesanía y es algo que lo vas a tener toda la vida: no hay nada más sustentable que una mesa que pasa de generación en generación.

¿En dónde nace el contraste entre la artesanía y el diseño?
Yo siempre digo que esa pelea es prehistórica. Los diseñadores argentinos a los que entrevisté, siempre trabajaban de una manera artesanal, porque nosotros no tenemos grandes industrias ni tecnologías. Yo veía que los que tenían un papá herrero o carpintero, diseñaban mucho mejor, porque conocían lo que es un taller y le sacaban más jugo al oficio. Para mí no es una cosa o la otra: no es “periodista” o “diseñadora”, no es “artesanía” o “diseño”. Es poder combinar todo. No estoy en contra de los objetos seriados: busco integrar más que separar.

En esa búsqueda antropológica que hiciste a partir del diseño, ¿cuál fue la mayor revelación que tuviste acerca de cómo nos relacionamos las personas con las cosas?
Siempre cuento una anécdota sobre unas amigas que hacen tapados con telares del norte. Les encargué uno para un viaje que tuve a Colombia y me lo hicieron en tonos celestes. Cuando llegué a dar la conferencia, los colombianos decían “vino la argentina con la bandera”. Al volver, le conté a las chicas y me mostraron un video de los artesanos en Salta: el telar lo habían hecho el 20 de junio y se los habían mostrado como una bandera. Ese para mí es un ejemplo del alma de los objetos: como lo hicieron ese día, estuvieron tejiendo el telar pensando en la bandera. Y así se transmite la energía de los objetos. Por eso la gente se conmueve con algunos diseños y algunas artesanías, y con otros no.

¿Cómo se enseña diseño desde un lugar llano y accesible a comunidades con altas carencias, en las que la urgencia es otra?
Cuando trabajás con poblaciones vulnerables, el trabajo tiene 10% de diseño y 90% de empatía, para poder mostrarles cómo se economizan recursos. Quizás no convertís a ese chico en un diseñador, pero sí se pueden generar cambios sobre su realidad: por ejemplo, la posibilidad de un empleo. Hace siete años que voy con una diseñadora industrial a una granja de adictos en recuperación y les enseñamos un montón de cosas para que puedan valerse a futuro. Me interesa ese aspecto: el diseño aplicado a la salud, a situaciones de catástrofe, a poblaciones vulnerables, porque ahí es donde más jugo se le saca. Mi intención es democratizar el diseño y hacerlo accesible, que es como yo lo siento, pero siempre aclaro que es mi mirada: hay mil entradas al diseño.

¿Cuáles son tus talismanes?
Una pulsera que me regaló la diseñadora brasileña Delia Berú, que fue como una mamá para mí (falleció hace tres años). En un momento complicado de mi vida, me regaló una pulsera que le habían dado sus amigas cuando ella se fue al exilio: tiene una mariposa que habla de la metamorfosis de la mujer. La uso siempre que tengo algo importante. Otro talismán es la foto de mi abuelo, el bandoneonista Juan Cambariere, que siempre llevo conmigo: era la persona más apasionada por su trabajo.

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