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19/09/18
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“Artesano del arte”: entrevista a Marcelo Toledo

Oriundo de Escobar, creció entre las puertas, durmientes, vitreauxs y antigüedades que su abuelo compraba y vendía en su negocio de demoliciones. Siendo un niño, comenzó a sentir interés por el alambre y a tomar clases de orfebrería. A los 18 años se mudó a San Telmo y comenzó a vender artesanías en un puesto en Caminito, La Boca. Mientras esperaba las consultas (¡y las compras!) de turistas curiosos, no imaginaba que su suerte cambiaría para siempre y que diseñaría piezas para actores, celebridades, reyes, príncipes, presidentes, o para el Papa Francisco. Recorrimos su taller y su galería de arte (alojada en el Palacio de la familia Nobleza Picardo) en San Telmo y charlamos sobre el corto camino que lo llevó a convertirse en un orfebre y artista de reconocimiento mundial. Habla Marcelo Toledo, un auténtico buscador de metales.

¿Artista, artesano o las dos?
La verdad es que no me hallo del todo con el arte contemporáneo, porque pone el foco en lo conceptual. El artista ya no es la persona que tiene una destreza o que domina una determinada disciplina, es decir, desarrolla la idea, pero no la ejecuta. En mi caso, toda esa proyección es así, pero además soy quien ejecuta la obra.

¿Cuándo nació tu interés por el metal?
Mi familia es italiana: los sábados cocinaban durante todo el día en un horno de barro enorme y los domingos nos juntábamos a comer. Después del almuerzo, me escapaba para revolver el galpón de mi abuelo, que tenía un negocio de compra y venta de demoliciones en Escobar. Para mí era como un mundo de fantasía. Ahí entré en contacto con los alambres y empezó mi curiosidad. Un día pasé por Entel y vi que en la calle habían tirado un rollo de cables de teléfono: era grueso y adentro tenía muchos cablecitos de colores. Pregunté si me lo podía llevar y me dijeron que sí. “¿Necesitás más?”, me peguntaron. Y mentí: dije que hacía manualidades. Me dijeron que podía volver a buscar más cuando quisiera.

¿Y cómo siguió tu formación?
En algunas cosas hice un camino autodidacta: desde muy chico empecé a doblar alambres, pero llegó un momento en el que todo lo que podía hacer por mi propia cuenta, ya lo había hecho, investigado y aprendido. Empecé a averiguar con quién podía tomar clases y encontré un viejito en Acassuso que me enseñaba orfebrería, específicamente cincelado. Yo tenía catorce años. A los veinte me mudé a Capital y tuve mi primer puesto en la feria de Caminito, en el que vendía cosas chicas y simples, como anillos.

¿Cómo viviste el cambio de posición: de estar vendiendo de parado a sentarte con personalidades notables?
Hay cosas que se dan por casualidad y otras que uno busca inconscientemente. Cuando armaba el puesto, adelante de todo ponía los anillos; atrás, unos mates, algún portarretratos, un florero. Vendía lo de adelante pero mostraba también que hacía otras cosas. Un día pasó un arquitecto, Carlos Dibar, que escribía en el suplemento de arquitectura de La Nación: le llamaron la atención mis piezas y les sacó fotos. Después de eso salió una nota de una página en el diario y eso fue un antes y un después. Me llamaron del Gobierno y empecé a hacer los regalos oficiales para el Ministerio de Economía. Ellos me presentaron a la gente de otros Ministerios, de Presidencia, de la Ciudad. Después me avisaron que iba a venir el Príncipe Carlos y que querían hacerle un regalo especial: además de hacer la pieza, me convocaron para que se la entregara. Ese fue el quiebre definitivo, porque un año antes había estado en un diario y en ese momento mi foto recorría el mundo al lado suyo. A los dos años, por el 50o aniversario en el trono de la Reina de Inglaterra, un cliente me compró una pieza para ella y la Embajada de Gran Bretaña otra para agasajarla.

¿Eran pedidos a medida o piezas que ya tenías hechas?
Para el Príncipe Carlos me preguntaron qué podía ser y yo les di algunas opciones, de las que eligieron un mate. En general son cosas consensuadas, aunque muchas veces depende del apuro: a veces me llaman para resolver un regalo para la misma semana.

¿Cuál fue el encargo más inédito o exótico que recibiste?
¡Muchas cosas! He hecho desde reproducciones en metal de la Batalla de Puerto Argentino en Malvinas hasta la copia de un tatuaje a través de una foto de una persona. Lo que tiene este oficio es que te hace llegar a lugares que nunca imaginaste o estar en contacto con personas que crees que son intocables, como terminar comiendo con el Rey de Marruecos, hablando con Michael Douglas sobre sus viajes secretos a la Argentina con Catherine Zeta-Jones, que te toque el timbre Robert De Niro o que Máxima pase por la puerta.

¿Cuál fue la reacción de tus antiguos colegas de la Plaza al ver esta transformación?
Nunca tuve mucho vínculo porque nunca hice lo mismo que ellos. La mayoría hacía, y sigue haciendo, platería criolla. Yo siempre hice platería pero más contemporánea: un mate mío tiene que ver con el folclore nacional, pero el estilo es distinto al de los otros. Además, siempre hice diferentes tipos de piezas: trabajaba como orfebre pero en paralelo hacía joyería y escultura. Hoy estoy más dedicado al arte contemporáneo.

¿Hay una transición entre la orfebrería y el arte?
Si: tengo clarísimo el momento en que el que dije “acá empieza otra etapa”. Tuve una necesidad distinta que acompañé con coucheo y cursos. En mis viajes solía buscar libros sobre platería, joyería y orfebrería, pero después empecé a pedir piezas que tuvieran que ver con el arte, desde Damien Hirst hasta Anish Kapoor. Durante la mayor parte de mi vida todo el foco de mi producción estuvo puesto en lograr una terminación impecable, una obra de museo: en el afuera, en la estética de la pieza. Y hoy, todo está puesto en el adentro: eso para mí es lo que resume la diferencia entre la orfebrería y el arte.

¿En qué estás trabajando ahora?
Tramas es una de mis últimas muestras, en la que exploré nidos que se unen y se enlazan. Después vino Matriz, que estuvo exhibida hasta abril en el Museo José Hernández: es un gran capullo de seda que habla de cómo salir de la violencia. Ahora estoy trabajando en Detrás de las paredes, que se va a presentar en noviembre. Acá pongo sobre la mesa un tema que pocas veces fue tratado desde el arte, que es la idea de la regeneración luego de la violencia de género. Trabajo a partir de las cicatrices de niñas y mujeres: las calco y las paso a diferentes materiales para simular las texturas del daño físico. Desarrollé y gestioné todo el proyecto, en el que todos participamos sin fines de lucro, pero sí de concientización: yo como escultor, los fotógrafos cediendo su obra, las víctimas contando su historia. También estamos trabajando en una muestra sobre el Che Guevara que se inaugura el 25 de octubre en Rosario.

¿Hacés cosas para vos mismo?
Mi departamento es muy moderno y está lleno de arte, pero hay pocas cosas mías. Tengo algunos maestros colgando, pero en especial me encanta el arte contemporáneo.

¿Algún pendiente?
Durante mucho tiempo mis fantasías tuvieron que ver con hacer una pieza para una personalidad determinada. Hoy se transformaron en ganas de decir cosas: qué puedo llegar a transmitir con lo que estoy haciendo.

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